LA OMNIPRESENCIA PUBLICITARIA DEL GIGANTE, AMENAZA QUE SE AVENTURE A UNA SEGUNDA VENIDA.

Se recorre una avenida y allí sonriente te anuncia su eterna candidatura; ejerces un zaping y te hipnotiza su verbo escatológico en el canal de todos los alienados o si te sometes de masoquismo político y en riesgo de sufrir un derrame ideológico, te arriesgas a escuchar a algún funcionario público o algún aleatorio de las centenas de viciministros, te embargas de desasosiego, desorientación. ¿Se vive en el 2012 o en el 2014?, ¿esto es un chiste, un bodrio post del Chiguire Bipolar, o es en serio la realidad? ¿en dónde se quedó la objetividad? ¿baleada en algún peaje cundido por los calenturientos delirios del caudillismo endémico decimonónico?.

 

Así es este sentimiento de asombro y de rechazo, cada día El Gigante se crece en esta su feligresía; su leyenda redentora del  Cristo de las Américas se repite hasta el cansancio por las serviles huestes del SIBCI y como si se asistiera a un realismo mágico venezolano, contaminado de surrealismo político, se evidencian a lo largo y ancho de los organismos del estado: vergonzosas muestras de genuflexas y demenciales gestos de lealtad hacia la memoria de un difunto, cuyo único merito fue ese imaginario bananero del socialismo, dizque del siglo XXI.

 

Sus fieles con el típico arrebato sectario de los de su clase, se ofenden si se recuerdan sus cientos de errores que mantienen hundido a este Titanic de país; te catalogan de blasfemo, hereje, merecedor de cruentos castigos terrenales en este infierno de escasez y desabastecimiento. Ha sido tanto el fanatismo o servilismo político que le han bautizado con sacrosantos títulos celestiales, porque el Glorioso Gigante ya no se le puede llamar con su nombre terrenal, ya el mismo pertenece al cielo bolivariano y por lo tanto es un insulto no dirigirse a él sin los protonombres adecuados: el comandante eterno, el supremo, el gigante; “no dirás su nombre en vano, sin sarcasmo, ni ridiculizarlo en caricaturas profanas de medios golpistas”. Tan es así la necesidad de saber si veneran o se mofan de estos títulos al Comandante, que deberían de crear un viciministerio preciso para cuidar de la memoria, la honorabilidad y el legado del Gigante. Igualmente es más digno dirigirse a él con estos gloriosos epítetos que con su nombre mortal, porque como un tetragrámaton del socialismo del siglo XXI,  sería un irrespeto, una condena al inframundo, que se materializaría en una visita a los calabozos del Helicoide.

 

Así resulta esta campaña de endiosamiento, hábilmente orquestada por las curtidas mentes de  manipulación política de la Habana, la cual parece surtir efecto; no se sabe si se instalado como un chiste más para la guachafita y la rochela política; o los cientos de personeros de los secuestrados poderes públicos, lo repetirán como un mantra para cubrir sus espaldas y así  asegurarse su mesadas de corruptelas; o los millares de mendigantes del aparato de clientelismo político lo repiten como descerebrados loritos para igualmente asegurarse sus comisiones, bequitas o vacías promesas de casitas bien equipadas. Monumental tristeza embarga que existan tantos rastreros y miseros comportamientos, idolatras devaluados  que han vendido el alma nacional por cobardes que creen cuidar su pellejo; dónde queda esa leyenda del bravo pueblo, que se rindieron a las fabulas cazabobos que la gerontocracia cubana logró inocular a la banda de resentidos que se hicieron del poder.

 

Lo más preocupante es que lo digan con verdadero fervor, con convicción cuasi religiosa. Lo cual ante tanta espiritualidad con tintes de manipulación mediática, campeando por todos los rincones de esta patria ingenua y eternamente enamorada de sus caudillos y montoneros históricos, hace temer que estos no ha acabado, que hay una peligrosa segunda parte aguardando agazapada para terminar de zarpar más de populismo religioso a esta quinceañera  nación; en donde los más iluminados deben de saber que se espera una segunda venida y es allí donde retumbarán los ayayay por los blasfemos que se atrevieron a tomar en vano a los merecidos nombres del comandante eterno.